El coleccionista de miradas

 

Con una frecuencia cada vez mayor, la fotografía se desliza entre la persona y su entorno: rodeados de fotografías -captadas por nosotros o llegadas por los más diversos caminos-, la cámara parece interponerse entre nuestra mirada y el mundo alrededor.

Parecería que cada momento de nuestra vida aspira a ser registrado, superponiendo así imagen y experiencia, dejándonos parasitar los verdaderos recuerdos; al aumento de nuestra potencia de reproductibilidad acabará correspondiendo la ampliación del marco de lo fotografiable: no se trata ya de nuestros hitos personales, no importa el qué ni cómo, sino el por qué

En 1995 descubrimos que compartíamos un amor común por esas imágenes no deseadas que los fotógrafos amateurs y la propia industria fotográfica rechazaban -entendidas como producto de un error. Amontonadas en cajones en los establecimientos comerciales, esperan su vuelta al lugar de donde partieron y donde serán destruidas. Son imágenes que, expulsadas para siempre del paraíso del álbum fotográfico, compartirán la errancia con aquellas no-nacidas que hubieran dado testimonio de nuestros accidentes vitales: estancias hospitalarias, divorcios, una noche canalla, el retrato de nuestra soberbia u otros cientos de posibles desastres biográficos…

Este trabajo invita a contarnos y a reconocer cómo nos contamos; traspasando las fronteras entre el espacio privado y familiar y el museístico, ofrece sugerentes territorios a explorar; entre ellos, la idea de álbum y la ordenación fotográfica, las relaciones entre el yo y lo público, o el propio carácter múltiple de la fotografía.

El vestido blanco de la novia siempre emboza a la misma persona.

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