ORDEN Y CAOS DE LA "FOTOGRAFÍA ENCONTRADA"

Juan Antonio Ramírez

La aparición de la fotografía cambió de un modo radical la relación del "hombre que m¡ra" con el mundo circundante. Desde los orígenes mismos de nuestra especie los sentidos han sido funcíonales, es decir, se han vinculado a los comportamientos y expectativas generados por el medio social y por los imperativos biológicos. El humano ha visto al animal que podía cazar, al enemigo de quien debía huir, al ser amado, la nube que se aproxima, etc. Era ésta una visión "directa", de primer grado. En un estadio ulterior vio lo que otros ya habían visto (y representado) previamente de una determinada manera, es decir, el arte. Esta visión "mediatizada" de segundo grado, era especialmente privilegiada porque no parecía tan indispensable como la otra para la vida. Era una mirada de lujo que fascinaba por su carácter gratuito. En efecto, ¿para qué iba a querer nadie una "representación,, si no era porque intervenían sentimientos como la nostalgia (deseo de tener siempre presente en la conciencia lo que no está allí en realidad), o el simple deseo de aplacar a los dioses y espíritus caprichosos?

No olvido, claro está, que una vez consolidado el sistema del arte, los humanos han apreciado el "virtuosismo", eso que venimos llamando la calidad estética. La mirada artística remite a otras miradas. Está codificada siempre, de algún modo, y forma parte de un sistema autorreferencial.

Situemos en esta perspectiva la mencionada irrupción de la fotografía. El mito de su "objetividad" favoreció la idea de que la representación era igual a la mirada inicial, una imagen tan fiel que podía tomarse como un doble no mediatizado de la cosa misma. El enorme prestigio popular de la fotografía se ha cimentado en esa supuesta capacidad para hacer presente y permanentemente visible lo mismo que una vez estuvo delante del objetivo. Añadamos a esa peculiaridad la multiplicación infinita de fotografías, hechas en todas las circunstancias imaginables, por todo tipo de gentes, sobre asuntos variadísimos: fotografías reproducidas (con negativo y mecánicamente) o tomas "únicas", artísticas o simple basura iconográfica, miradas por muchos o nunca vistas por casi nadie, casuales o meditadas. El resultado de esa combinación de factores es, en cualquier caso, explosivo. Me atrevo a afirmar, en fin, que el maridaje entre ,objetividad" y "proliferación", típico de la fotografía, ha sido el fenómeno más revolucionario de toda la historia universal de la imagen. Una metástasis tan incontrolada de la figuración no sólo ha destruido el valor original de la mirada "primaria", sino que ha roto también los referentes codificados para los varios modos de la "visión artística".

¿Cómo definir, en estas circunstancias, qué imágenes son "verdaderas" y cuáles ,artificiosas',? ¿Cómo determinar qué representaciones son "valiosas" y cuáles "desdeñables"? El trabajo de Carlos Canal y Jorge Dragón Presunciones y apariencias. El coleccionista de miradas incide de lleno en semejante problemática. Su recuperación de cien fotografías descartadas por los laboratorios de revelado industrial se inserta en la tradición del "objeto encontrado", de estirpe dadaísta y surrealista. Digamos que aplica a la fotografía el principio del readymade: fotografía artística sería, pues, la que ha sido descubierta y recuperada como tal por el artista. Consecuencia obvia de

la proliferación es el que no sea necesario mirar la realidad con ojos de fotógrafo, sino mirar las otras fotografías ya hechas (anónimas y desechadas por la industria del revelado, en este caso). El acento se desplaza desde la ejecución a la selección, en un acto radical de negación productiva. No es necesario incrementar el número de las imágenes existentes, y lo más perentorio, parecen decirnos Canal y Dragón, es resituar algunas de ellas en el escenario del arte. De la papelera a la exposición, aunque conviene remarcar las sutiles diferencias existente entre este trabajo y el junk art.

Porque no estamos ante la mera exposición azarosa de los desechos, sino ante un cuidadoso proceso de selección. Es un rescate racional que permite recomponer el mundo, mostrándolo ordenado en cinco partes o bloques temáticos, como si se estuviera obedeciendo a un programa intelectual predeterminado de antemano. Sacar el orden del caos, la figura coherente del barro informe: este viejo sentido que ha tenido la creación (como Dios modelando el cuerpo de Adán) es repristinado aquí, nuevamente, de un modo insólito. Se trata, como siempre, de encontrar un sentido, un argumento, de abrir senderos en la realidad que es, en este caso, la selva impenetrable y frondosísima de la indiscriminada producción fotográfica contemporánea.

Podríamos comparar esto con otras "recopilaciones" fotográficas famosas como The family of man, preparada en 1955 por Edward Steichen, y que era una exaltación positiva de la condición humana, elaborada con material fotográfico heterogéneo, manejado a discreción por el compilador. En las antípodas estaría el Atlas de Gerhard Richter, que tenía en su última presentación pública (MACBA, 1999) unas cinco mil fotografías, ordenadas de un modo tan extravagante que es imposible no ver en ello una parodia de las enciclopedias, con su clásica pretensión de

ordenar el saber universal. Presunciones y apariencias. El coleccionista de miradas, se sitúa en otro lugar, como si fuera algo equidistante de las dos recolecciones mencionadas: no es una obra inabarcable como la de Richter, y tampoco es tan amplia como la de Steichen; cien fotografías es un buen número que permite detenerse en cada una de ellas sin que la fatiga visual nos impida, finalmente, verlas. Tampoco percibimos aquí ni el optimismo del fotógrafo americano ni el pesimismo espistemológico del alemán. Canal y Dragón no entonan un cántico candoroso sobre a la bondad sustancial del hombre (algo que quedaría "demostrado" mediante la objetividad de la fotografía), aunque sí nos sugieren que es posible encontrar sentidos y belleza escondida donde menos cabía esperarlo. Pero no deja de ser inquietante su descubrimiento, ese valor que reconocen en lo rechazado "objetivamente" . Me parece que hay ahí un sonoro bofetón a los criterios usuales acerca de la calidad fotográfica. Su trabajo de filtro no es, en el fondo, tan ajeno a la vía que pavimentaron los grandes artistas del pop art: nuestro mundo todo es una entelequia fotográfica, y coleccionar miradas ajenas, en fin, puede ser nuestro modo primario de mirar.

 

J. A. R. 14 de julio 1999

 

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