Al salir

 

 

 

Primero llegó un súbito cansancio, sorprendente por inesperado, y luego el dolor puntual que te dobló, que te tiró al suelo, sin darte tiempo a entregar ese ramo de flores a la persona que amas, de recoger los papeles dispersos en la mesa de trabajo, de tirar la piedra al soldado que protege a quienes robaron tu casa; de fotografiar, con esa precisa mirada que siempre acompaña tu franca sonrisa, un especial amanecer.

¿Se ha vuelto loco? ¿se ha convertido de repente tu cuerpo en enemigo? te preguntas mientras se aleja, mientras te alejas, pasando, seguramente mal preparado, del mundo de lo nuevo al mundo nuevo.

Uno tras otro todos los vehículos se van deteniendo, como si las gasolinas en sus depósitos se hubieran evaporado tras un repentino golpe de calor. Los conductores se miran extrañados, olvidados del claxon; alguno abre la portezuela y sale del aire acondicionado que también cesó de funcionar, otros abandonan su máquina y comienzan a caminar cabizbajos y en silencio. Los ves desde arriba: el parabrisas roto de la ambulacia, el cuerpo del conductor caído sobre el volante, desangrado de un criminal disparo; la neblina del gas y las toses de los muchachos -salivas y arena- en aquella esquina donde corre el levante; la ola que anega con olor dulzón la ciudad especulada mientras el sol se retira.

Te observas de rodillas escondido, jugando al salir de la escuela: aquella señora de elegante extrañeza que planta violetas entre sus lágrimas, recogida en sí misma; el amigo, convertido en gesto, que te habla y ya no puedes oir. Giras a tu alrededor una y otra vez y descubres que han dejado de ulular las sirenas, que no tañen las campanas, las radios al fin calladas, la ausencia del almuédano en la torre. Acabas de firmar tu contrato a orillas de un mar cuya brisa empuja noticias indolentes, palabras que ya no significan: entre ellas una imagen que reconoces, un lugar que has soñado, la casa donde no dormiste, alguien que te abrazó; te ofrece tiempo, no un instante tan sólo, sino tiempo del que disfrutar, todo tu tiempo violentado y simultáneo para tu disfrute sin tiempo.

Hopis en círculo invocan a la lluvia, monjes de azafrán rezan powa, el país de los sueños nace de las manos de un hombre aceitunado: en el estanque, entre renacuajos que los niños tratan de cazar, florece el nenúfar. Te llega la soflama de las hogueras en las playas de tu ciudad, las pavesas del otro lado de la raya: hogueras en las almenaras, en los palacios de Nepal, en las escalinatas de Benarés. Fuego en los campos por los que viajas en sombra, fuego en las casas antes de la ceremonia, agua hirviendo en las cuatro esquinas de los conventos: lluvia de fuego consumida al fin, en el fuego del corazón enamorado.

 

El presente texto ha sido publicado en El Ojo de Dios,catálogo editado por el Área de Cultura de la Diputación de Málaga con motivo de la exposición de Jesús Marín, de igual título, que tuvo lugar en el Antiguo Convento de Santa María, en Coín, Málaga, junio de 2001.