PALABRADEWORD versus PALABRA DE WORD

Eduardo Serrano

El presente texto ha sido publicado en PalabradeWord +Addenda,catálogo editado por el Área de Cultura del Ayuntamiento de Málaga con motivo de la exposición de igual título; comisariada por Natalia Bravo, tuvo lugar en la Sala Moreno Villa, en Málaga, septiembre de 2000.


Vi por primera vez el material que ahora expone Jorge Dragón en su hoja web. No me produjo ningún efecto reconocible de tipo "estético"; más bien cierta incomodidad. Fragmentos de textos pescados en Internet, registros de rutas, comandos ocultos de ciertos programas, líneas a medias comprensibles y a veces ilegibles, etc.

Lo que más me llamaba la atención era que los caracteres del texto estaban coloreados y bastante aumentados de tamaño, hasta el punto de que, con un poco de atención, se podían distinguir fácilmente los píxeles; el resultado es una especie de sombra o desvaimiento en el entorno de cada carácter, completamente invisible en su tamaño operativo o normal; mientras que el conjunto adquiere una discreta presencia de colorido sobre un fondo blanco.

Deduje que era muy posible que Jorge estuviera buscando aquel estrato propio de la percepción sobre el que se sustenta lo que llamamos lenguaje articulado; y al actuar así era totalmente fiel al objetivo que ha dominado desde mediados del siglo XIX el arte moderno: hacer visible lo que se hace invisible, necesariamente, en el discurso: su soporte material, la señal, lo que en otras interpretaciones, ya algo pasadas de actualidad, se vinculaba con el significante. Una operación, en fin, típica de la tarea estética, inversa respecto aquella otra actividad que construye nuestro mundo: en vez de capturar cosas para hacer con ellas palabras, en vez de convertir los paisajes en texto, PalabradeWord hacía de lo escrito cosas; cosas ya no tanto legibles, sino sensibles, casi acariciables...

Sólo que me parecía que Jorge se había quedado a mitad de camino, pues de ser cierta la suposición arriba mencionada, lo suyo sería aumentar mucho más el tamaño que los caracteres, llegar al umbral en el que la combinación de píxeles dominarían la composición del conjunto presentado; de este modo la serie de operaciones realizadas, los cambios de colores, los sutiles juegos de luces y sombras que se adivinaban, podrían culminar en vibrantes imágenes de la cuadrícula de píxeles, llegando a lo más elemental de la percepción, sin apenas reconocimiento de los signos convencionales de la escritura (luego recordé que este camino ya había sido explorado por el arte moderno, al menos desde los tiempos de la Bauhaus).

Sin embargo, esta elemental aproximación se revela rápidamente insuficiente. La inicial perplejidad ante la propuesta obliga a uno a pararse, a buscar qué se esconde ahí debajo, a preguntar. Y de hecho hay mucho más en esta historia de PalabradeWord. No bastaba con contemplar los objetos que integran este proyecto. Tampoco era suficiente para abordar este trabajo saber aproximadamente quién es Jorge Dragón.

Ya por entonces empezaba a entender que no era tan importante el objeto como el proceso. Las imágenes-texto de PalabradeWord son una ventana por donde asomarse, tal vez por donde saltar y dar un paseo.

Lo que ahora presenta Jorge es una especie de crónica de algunos de sus hallazgos a lo largo de un año, de sus sorpresas, de sus atar cabos de acontecimientos a los que él ha asistido. Durante todo este tiempo Dragón ha estado buscando después de haber encontrado, como siempre por casualidad, curiosos restos en la ciberplaya de su Macintosh.

Pero en vez de recurrir a los conocimientos dichos, ya escritos en libros, se lanza a la construcción de un saber precario y provisional; levanta una cartografía, que no es tanto una descripción de lo que observa, sino de lo que él mismo hace, de su mismo trabajo. Opera con el instrumental de la actividad estética: desvela los códigos, las instrucciones e informaciones ocultas, selecciona y extrae, amplía hasta lo microscópico (y encuentra la huella de un crimen, como el protagonista de Blow-up ¿imaginario como en el de la película de Antonioni?), manipula, recompone, juega. Así mientras el conocimiento (en la medida que obedece a un procedimiento instituido, prescrito) reduce, separa al sujeto del objeto y, por lo tanto, fija (y mata), el juego conecta, transforma, tanto al objeto como al sujeto, introduce el devenir.

En el curso de estas manipulaciones, con frecuencia desde los primeros momentos exploratorios, esas cosas, esos textos, se muestran de otra manera, como inquietantes gremlins debajo de los tiernos y acariciables animalillos de peluche. De cualquier manera cosas con una vibración insospechada.

Ese paisaje rutinario de cosas dichas, tan natural que se hace invisible, silencioso y eficaz servidor nuestro, también está al servicio de otros. Nosotros hablamos a través del lenguaje, pero el lenguaje también habla a través de nosotros; y por su parte también la escritura nos inscribe; así, por esos mundos de Word ya circulan cientos de fichas con nuestros registros, tanto nuestras coordenadas identitarias, nuestra posición, como también nuestro movimiento. La escritura se muestra como lo que ha sido siempre, mas ahora redobladamente artera (no en vano vivimos tiempos "progresados", como dice Agustín García Calvo): el arma más sutil de los poderosos.

Vivir en los tiempos de cambio tiene sus ventajas y una de ellas es poder observar con claridad cómo la libertad y la necesidad surgen a la vez.. La proliferación de lo escrito que fue la revolución de Gutenberg se basaba en la imprenta y, no lo olvidemos, en la distribución de los textos impresos; ahora eso ya no es patrimonio de unos pocos, se ha hecho universal, cualquiera que tenga un mínimo acceso a Internet se convierte en un pequeño, pero efectivo, impresor-editor-distribuidor. Pero los "canales de distribución", que son parte sustancial del mecanismo que proporciona esa nueva libertad, constituyen también su sombra oscura, puesto que no son propiedad de estos emisores-receptores que somos nosotros; el control de todo lo que circula en el recién inaugurado cibermundo se hace también posible y nuestras huellas, cada vez más difíciles de borrar, dice a aquellos que disponen de los medios potentes, quién ha dicho o escrito qué, cuándo y cómo; y, por supuesto, a qué destinos ha llegado lo escrito.

Y sin embargo, todo esto, a pesar de aparentar un panorama tremebundo, también es aburrido, demasiado previsible, muy viejo. Y la vida sigue, no obstante. Porque más allá de todo esto pienso que hay, pienso que siempre ha habido, algo más fundamental que el arte se ha encargado de mostrarnos mediante la operación que podemos llamar descontextualización.

  1. En primer lugar, descontextualizar permite la irrupción de lo extraño; concentrando la atención en un objeto concreto, el cambio de contexto perceptivo nos lo presenta con una nueva luz, como cosa nueva y retadora pues reniega del antiguo nombre con que fue bautizada (ya no se llama "urinario", por ejemplo), y por lo tanto despojada de su antigua condición de objetividad.
  2. Continuemos, pues esa operación la podemos proseguir en un segundo movimiento y aplicarla sucesivamente con todo lo que amuebla nuestro mundo.
  3. Nos podemos ahorrar esta penosa recopilación de cosas descontextualizadas y chocantes recordando que todo acto perceptivo se basa en la elemental operación consistente en separar la figura del fondo. Pasamos de la descripción de un universo infinito al cálculo mediante un algoritmo finito; de este modo llegamos a otro nivel de "extrañeza", que ya no afecta tanto a los objetos como a nuestra propia actividad perceptiva: nada es distinguible, nada es entendible sin esa misteriosa y primordial operación que consiste en hendir lo informe e indistinto (uno de cuyos resultados es la dualidad fondo-figura). Lo extraño se expande abarcando los muebles, a la misma habitación que los alberga y que hemos llamado nuestro mundo; y a nosotros mismos, claro está, pues somos a la vez productos y productores de ese mundo. Somos el algoritmo.
  4. De esta manera la conclusión de la obra artística es que todo lo que nos rodea, incluida la normalidad cotidiana más trivial es profundamente extraña. Lo habitual, lo que damos por sentado como "lo natural", el mullido asiento de nuestra vida entera, este mismo programa de textos Word que ahora utilizo, aparecen bajo esta mirada radicalmente in-naturales.
  5. Por último, al descubrir que nuestra realidad, la que se nos da, constituye un invento bien artificial, nos hace sospechar que podría perfectamente haber sido construida de otra manera. Hay muchos otros modos en que las cosas pueden ser y son; como hay otras formas en que las palabras pueden ser dichas y escritas (y mostrar esto respecto a palabras y a cosas es responsabilidad de los artistas; por lo demás una tarea con hondas repercusiones epistemológicas; y a la vez tarea necesaria para desbloquear la ciencia, como el premio Nobel Ilya Prigogine ha reclamado).

Precisamente esta última constatación es lo que distingue nítidamente esta postura filosófico-existencial del relativismo nihilista, pues la conclusión es: acción. Como la que nos trae ahora empaquetada Dragón.

A medida que los objetos se nos dan más cerrados, a medida que una multitud de productos construye nuestro mundo, ciertos artistas se empeñan en desmentir la redonda y falsa unidad de esos objetos consecuencia de su engañoso aislamiento. Cada vez es más difícil catalogar lo que nos ofrecen esos artistas; palabradeWord no se puede catalogar como fotografía, caligrafía, diseño gráfico, jeroglíficos, textos poéticos, etc., siendo todo eso a la vez. Son instantáneas de procesos en los que la misma vida del artista se entrelaza conflictivamente con líneas evolutivas de otras cosas vivas, poniéndolo todo en crisis.

Se trata de una apuesta incómoda, no exenta de riesgos, que encara y resalta lo problemático. Por ejemplo, la paradójica manera de exponer el trabajo; lo angosto del espacio preparado al efecto fuerza a enfrentarse con los paneles sin la excusa de la distracción; a la mirada se la priva del consuelo plástico, se la somete a una dieta de recuperación para salir de la engolosinada sensibilidad que proporciona nuestra sociedad del espectáculo; en estas condiciones el ojo rápidamente duda entre la contemplación y la lectura (que más que ver es un oír), colocándonos en ese desequilibrio que incita al movimiento y que destruye la estabilidad característica de los objetos.

Por eso a Jorge no le ha interesado proseguir en su ampliación de los caracteres hasta el umbral en el que se desvanece el reconocimiento de los signos. Tal y como yo mismo creía haber entendido al principio Dragón se había quedado a mitad de camino; pero ahora es el momento de reconocerlo, justo entre dos mundos, en la ambigua zona fronteriza que separa y une el inframundo asignificante de las cosas y el mundo significante de las palabras, justo donde a él le interesa estar. Y también entre los otros polos que configuran nuestra realidad de todos los días, y que se hacen visibles gracias a su mismo trabajo: entre la imagen analógica y el cálculo digital, entre el flujo de los nuevos medios y la estabilidad del soporte convencional. Y aún más allá, dando cuenta de las nuevas relaciones entre lo público y lo privado, tan diferentes de las que todavía creemos vigentes, proporcionando un mapa de los nuevos territorios del poder.

Al elegir no sumergirse en la rutilante imaginería del mundo que vivimos nos invita a que descubramos que hay también un discurso oculto y tramposo debajo de todo lo que nos llega dictando específicas órdenes de vigilancia y control.

Al elegir un medio estático de representación renuncia a la dinámica enrollante de los nuevos medios, aunque su temática sea precisamente esa, lo que ahí ocurre. En cierta manera denuncia que esa movilidad es la propia del paisaje como trivial panorama, compuesto mediante la recepción pasiva de imágenes y textos durante la navegación por la red. En efecto, ese es su trabajo, hay otro paisaje que se construye activamente, como un paseo vivencial contrapuesto al anterior aunque utilice fragmentos panorámicos extraídos de los paisajes del geomundo y del cibermundo.

Es cierto que la actividad artística actual no trabaja tanto con objetos como con procesos; pero eso no es decisivo pues lo mismo caracteriza toda las manifestaciones simbólicas y empíricas de nuestra sociedad; un ejemplo particularmente interesante y problemático (es decir, irreductible a una calificación de simple aceptación o rechazo) es la mercancía. La cuestión ya no se plantea entonces como una lucha entre lo estático y lo dinámico, fácilmente deslizable hacia la oposición antiguo-moderno, que a su vez desemboca en la más superficial que se establece entre lo que ésta o no está de moda.

No, el asunto de fondo es el que se plantea entre movilidad capturada y movilidad libre. Esta última tiene poco que ver con la agitación cada vez más frenética de nuestro transcurso cotidiano. Puede prescindir perfectamente del soporte de expresión dinámico, pues le basta con desencadenar movimientos (al respecto basta con recordar, por ejemplo, el poder explosivo contenido en las "estáticas" pinturas y fotografías surrealistas; bien es cierto que el cine —su nombre original ilustra de qué se trata: cinematógrafo- fue utilizado eficazmente con idénticos propósitos demoledores; así la película de Buñuel "El ángel exterminador" extiende su resbaladizo suelo bajo los espectadores mostrando la más increíble y angustiosa inmovilidad). Esa movilidad no roba energía ni precisa reducir a la parálisis a las otras cosas para acelerarse; es sobreabundante, siempre añade; contagia su propia vida, esto es, una movilidad autónoma en modo alguno determinada.

Jorge, en efecto, escoge habitar "entre", es decir, en ese espacio sustancialmente móvil e inestable donde para no caerse hay que caminar, guardando el equilibrio inestable del transeúnte. Y en esa senda no puede hacer otra cosa que comunicarnos, "contagiarnos" esa inestabilidad.

Tal vez ese sea el motivo por el cual el sentimiento de "incomodidad", ese que al principio mencioné al toparme con palabradeWord, sí deba considerarse como un efecto estético; cada vez más apropiado para el mundo actual, aunque su genealogía pueda rastrearse hasta cierta sensibilidad romántica de hace doscientos años; cuando entre arte y vida se establecieron nuevos negocios.

Todo esto tiene que ver con el arte y en ello fundan su legitimidad los artistas. Yo al menos creo que por ahí puede estar la conexión entre estética y ética (y política, claro).

Por eso PalabradeWord no es palabra de Word.

 

 

Eduardo Serrano es codirector de Rizoma, revista aperiódica de arquitectura

 

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