Zapatismo: Un lenguaje común para la autonomía
Texto de la charla de Santiago Fernández Patón, que tuvo lugar en la
Casa Invisible de Málaga en el seno del ciclo dedicado a los
Movimientos Sociales recientes, programados por el Área de Movimientos
Sociales de la Universidad Libre y Experimental (ULeX)
Zapatismo: Un lenguaje común para la autonomía
En el otoño de 1999 los poderosos del mundo tenían intención de celebrar una de sus rutinarias reuniones. En este caso el lugar escogido era Seattle, una ciudad de las dimensiones de Málaga, situada en la costa noroeste de Estados Unidos. Los objetivos que se habían marcado venían a ser más o menos los de siempre: cómo seguir consolidando las políticas neoliberales a nivel planetario. Algo salió mal. De pronto –o, mejor dicho, aparentemente de pronto- cientos de miles de activistas, o sea, cientos de miles de víctimas de esas políticas neoliberales, decidieron que esa reunión no se iba a celebrar con normalidad. Aquellas y aquellos manifestantes opusieron sus cuerpos, rompieron cercos policiales, sabotearon, crearon y produjeron. En definitiva, una multitud organizada gritó y ejecutó un “Basta ya”.
Lo que nos interesa de aquel momento no es tanto esa oposición en sí, sino el modo en que se llevó a cabo. Nos interesa, especialmente, la dimensión comunicativa que adquirieron aquellos sucesos. Sin duda, a ese nivel comunicativo, los años noventa suponen una revolución en los movimientos sociales. Seattle fue el lugar y el momento en el que nació un verdadero contrapoder informativo: Indymedia. Por primera vez, los movimientos sociales disponían de una herramienta comunicativa global. La realidad podía ser interpretada desde otro prisma, y con el mismo alcance potencial que el de los grandes mass media.
Todo aquello merecía ser analizado, así que no faltaron sociólogos, politólogos, intelectuales en general y especialmente periodistas en busca de términos pomposos. Seattle, nos dijeron, era el inicio del movimiento antiglobalización. El año de 1999 suponía la invención de un nuevo lenguaje político. Como suele ser habitual, se olvidaron de preguntar a sus protagonistas, es decir, a sus analizados y analizadas, si estaban de acuerdo. No lo estaban. Resulta asombroso cómo unánimemente se oyeron voces por doquier con un único mensaje: el inicio de todo tenía fecha y lugar, sí, pero no era ni blanco ni occidental ni industrializado. El uno de enero de 1994 un grupo armado de indígenas mayas se había alzado en el estado mexicano de Chiapas y había declarado formalmente la guerra el Ejército Federal de México. El inicio de todo, el inicio del nuevo lenguaje, se llamaba “zapatismo”.
El primero de enero de 1994 entraba en vigor el Tratado de Libre Comercio entre Canadá, Estados Unidos y México, con el que el presidente mexicano, Salinas de Gortari, daba el aldabonazo final a la política neoliberal iniciada en los años ochenta. Quedaba así México dentro de esos amplios límites de lo que Estado Unidos considera su área de acción natural y su territorio para la “Seguridad nacional”. Igual que ocurrió años después en Seattle, había quienes no estaban dispuestos a que la fiesta se celebrara en paz. Esa misma madrugada, el EZLN (Ejército Zapatista de Liberación Nacional) salía de la clandestinidad, y lo hacía tomando siete cabeceras municipales de Chiapas, uno de los estados mexicanos más ricos en recursos naturales, pero con una de las poblaciones más pobres. Se trataba de un grupo de encapuchadas y encapuchados, en su inmensa mayoría indígenas. Una cámara de televisión se acercó a uno de esos combatientes sin rostro y le preguntó, en directo para todo el país, con cuántos efectivos contaba ese Ejército. A mí me gusta pensar que la respuesta que dio aquel miliciano fue, realmente, el origen de un nuevo lenguaje político. Sencillamente contestó: “Somos un chingo”.
Durante los siguientes doce días los muertos se contaron por cientos, en su mayoría civiles víctimas del fuego indiscriminado del Ejército federal. En la pequeña ciudad de Ocosingo, el propio primero de enero, se verificó la batalla más cruenta debido a un error táctico del EZLN. Los cadáveres rondaban la cincuentena, la mayoría de civiles, según testimoniaron numerosos medios de comunicación que además recogieron la imagen de cinco zapatistas maniatados y ejecutados con sendos tiros de gracia en la nuca. Hasta la fecha este ejército no ha disparado ni un tiro más y proclama a diestro y siniestro que su fin último es desaparecer, y de nuevo lo hacen recurriendo a un peculiar lenguaje: “Ustedes nos hicieron posibles (...). Para desaparecernos deben desaparecer ustedes”, expresarían a finales de 1994.
En esos doce días su acción más peculiar fue el secuestro de Absalón Castellanos Domínguez, el exgobernador más sanguinario de Chiapas, a quien se señala como responsable de 150 asesinatos y durante cuyo mandato se quemaron vivos y arrojaron desde helicópteros a líderes campesinos. Antes de intercambiarlo por cientos de zapatistas apresados, los rebeldes lo juzgaron públicamente. Se sabía que la condena iba a ser ejemplar, que iba a conllevar una venganza por todo aquello de lo que ese hombre era responsable. Conviene, por tanto, leer esa escueta sentencia. Castellanos fue condenado a “vivir hasta el último de sus días con la pena y la vergüenza de haber recibido el perdón y la bondad de aquellos a quienes tanto tiempo humilló, secuestró, despojó, robó y asesinó”. Desde entonces, la palabra o la ausencia de ella para desconcertar al gobierno federal ha sido el arma más eficaz de los zapatistas. Su importancia expresa la reconocían en la Cuarta Declaración de la Selva Lacandona, por si a alguien no le había quedado claro: “No morirá la flor de la palabra. Podrá morir el rostro oculto de quien la nombra hoy, pero la palabra que vino desde el fondo de la historia y de la tierra ya no podrá ser arrancada por la soberbia del poder”.
El EZLN no es una guerrilla, sino un ejército que como tal declaró formalmente la guerra a un ejército enemigo y se atiene a la Convención de Ginebra. No aspira a la toma del poder, y por tanto en su discurso está ausente cualquier referencia al imaginario típico de los movimientos guerrilleros latinoamericanos, siempre dirigidos por mestizos. No hay Marx ni Lenin, no hay Fidel. Por fin, no había nada de ello. ¿Cómo no iban a decir en Seattle que Chiapas era el inicio? Por cierto, que el propio Subcomandante Marcos negó que Chiapas fuera el origen de nada. En una de sus mediáticas metáforas, expresó que la luchas sociales era un gran iceberg que al ir emergiendo dejaba ver puntas aquí y acullá: Chiapas por aquí, Seattle por allá, Génova allí, pero que no se podía establecer un orden de prioridades, por cuanto el iceberg es uno solo. ¿Un iceberg? Sí, un iceberg, aunque parezca extraño, de repente un líder revolucionario no hablaba de materialismo histórico. Qué había sucedido para que eso fuera así. La historia mítica del lenguaje zapatista se remonta a una ceiba, a una pipa, a un joven marxista y a un viejo maya.
El 17 de noviembre de 1983 un pequeño grupo de iluminados -tres indígenas y tres mestizos- levantaba el primer campamento del Ejército Zapatista de Liberación Nacional. Lo hacía en la Selva Lacandona, en el estado mexicano de Chiapas. Quisieron bautizar el campamento con un nombre que reflejase la experiencia que estaban atravesando en esos sus primeros días: La Pesadilla.
La intención inicial de ese primer grupo, perteneciente a las Fuerzas de Liberación Nacional (FLN), no era otra que la de establecer una guerrilla de corte clásico, como las que había dado el poder a los sandinistas o causarían las masacres guatemaltecas. Los elegidos que en 1983 se adentran en la Selva de la Lacandona perseguían, en la más pura ortodoxia guevarista, una estrategia de focos. De hecho, ensayaron otros frentes simultáneos en el norte y centro del país en vistas de una revolución para instaurar así la dictadura del proletariado y ese largo etcétera que arranca en Lenin y hoy encarna Fidel Castro.
La selva destruye. La Selva Lacandona más. Se trata de un rincón impenetrable del sureste mexicano en cuyas profundidades ni siquiera los indígenas han tratado de establecerse. Así que imaginemos a un grupúsculo de intelectuales universitarios que decide hacer de esa selva su hábitat, el único donde queda asegurada la clandestinidad. Unos meses después se suma a ese grupo el joven Marcos, que ya ha recorrido los países con más tradición guerrillera, se ha atiborrado de lecturas y se conoce sobradamente el Diario de Bolivia del Che.
Como Marcos era un hombre voluntarioso no dudó en promover los primeros acercamientos con las comunidades indígenas. Marcos se consideraba a sí mismo un preclaro orador, una vanguardia intelectual, capaz de dialogar y convencer a esos –y sólo a esos, no a esas- chiquitos y muy primeros mexicanos de que les convenía alimentar a los guerrilleros, si quiera con maíz y frijol. El profesor universitario Marcos les cuenta cómo han de organizarse para resistir, cómo funciona la lucha de clases, la toma del poder, la dictadura del proletariado… Alguien le tuvo que decir dos cosas. La primera fue que su palabra era dura, y no sólo porque hablara en castilla, la lengua de los dominadores. La segunda era que se le había pasado un detalle por alto: los indígenas mayas llevaban ya quinientos años de resistencia, quinientos años de campamentos Pesadilla. Como recogerían más adelante en la Primera Declaración de la Selva Lacandona, se iniciaron contra la esclavitud del Imperio español, más tarde en la Guerra de la Independencia, luego frente al expansionismo norteamericano, después para promulgar la Constitución y expulsar al Imperio francés, y finalmente para alzarse con Zapata y Villa contra la dictadura porfirista... Todo ello sin los tales Marx ni Lenin. Así que igual hasta podían decir algo de cómo organizar una resistencia.
Lo que sucede durante los diez años siguientes es la historia de un nuevo lenguaje: el del silencio. Marcos aprende a callar y escuchar, y lo hizo, por fin, gracias a un escarabajo. En una de las primeras reuniones Marcos expone lo que pretendía fuera una de las máximas principales para la lucha, algo así como “Para nosotros todo, para ellos nada”. Cuando su máxima era traducida a las lenguas mayas lo que él escuchaba era “Para todos todo, para nosotros nada”. Marcos, enfurecido, intenta explicar que estaba siendo mal traducido, pero nadie le prestaba mucha atención. Decide entonces marcharse de esa reunión, pero en el último momento su escarabajo Durito, compañero inseparable, le aconsejó quedarse para aprender algo de una vez por todas. Y lo que aprendió fue que no le traducían mal, que “Para todos todo” y mientras ese objetivo no se alcance, entonces “para nosotros nada”. Marcos, y creo que ésta es su gran aportación al asunto que aquí nos interesa, descubre que no se trata de que cada quien, indígenas y guerrilleros, lleve al otro a su terreno lingüístico, sino que deben crear una traducción común.
La metáfora literaria con la que Marcos resume ese paciente proceso de traducción es la del Viejo Antonio.
Además de la de la calle Gaona, hay otra ceiba mítica. Se encuentra en el poblado de La Realidad, en la Selva Lacandona, primer asentamiento del EZLN. Acogidos por esa ceiba, el Viejo Antonio le tiende un puente al joven voluntariosos. Primeramente le enseña a fumar correctamente en pipa, porque hay que sabe encender una pipa durante la época de lluvias. Luego le traduce la cosmovisión maya. Y siempre lo hace mediante parábolas. Ya no hay una deidad, el Votán maya, sino algo nuevo que llaman Votán-Zapata y que viene a simbolizar la feliz unión de los dos mundos. Marcos aprende sobre todo que la revolución se hace no para la gente, sino con la gente. Y la gente eran aquellos desesperantes –por hablar mediante otros códigos lingüísticos- tojolabales, zoques, choles, tzotziles, tzeltales, mames. Marcos aprende tanto que, lejos de erigirse como líder, es degradado a subcomandante. La comandancia recaerá en otros hombre y mujeres, ésos que le sacaban quinientos años de ventaja, Y ahora sí, es más fácil hablar: primero de persona a persona, luego de familia a familia, de pueblo a pueblo y finalmente de región a región. Las comunidades saben perfectamente que el lenguaje es también silencio. Y durante diez años reclutan, alimentan y entrenan un ejército en la más absoluta clandestinidad. La prueba evidente de que en 1994, un mes después del alzamiento, ese lenguaje híbrido ya es una realidad, la tenemos en la Segunda Declaración de La Selva Lacandona, en la que aquella vieja disputa de “Para nosotros todo o para nosotros nada” ya ha sido resuelta:
Nosotros nacimos en la noche. En ella vivimos. Moriremos en ella. Pero la luz será mañana para los demás, para todos aquellos que hoy lloran la noche, para quienes se niega el día, para quienes es regalo la muerte, para quienes está prohibida la vida. Para todos la luz, para todos todo. Para nosotros el dolor y la angustia, para nosotros la alegre rebeldía, para nosotros el futuro negado, para nosotros la dignidad insurrecta. Para nosotros nada.
A partir de ese momento, a partir de estas frases, los movimientos sociales –la sociedad civil- recoge el guante. Si los guerrilleros tradujeron y crearon un nuevo lenguaje a partir de la cosmovisión maya, los movimientos urbanos de Europa harán lo propio a partir del pensamiento zapatista, armado, indígena y desde luego nada metropolitano. ¿Existía hasta ese momento un lenguaje común a los movimientos italianos, franceses, alemanes o españoles, por ejemplo? Yo creo que no, que en todo caso existía un corpus teórico común. Incluso una praxis. De pronto, las y los activistas nos encontramos con una nueva herramienta comunicativa, y como ocurre con todas las herramientas, no resuelve nada por sí misma, pero sirve para que nos apliquemos con ella. Aprendimos a decir:
- “Mandar obedeciendo” y hablar, por ejemplo, de horizontalidad y liderazgos transitorios.
- “Caminar al paso del más lento”, y saber adaptar nuestros ritmos, porque de lo contrario el movimiento se disgrega.
- “Queremos un mundo donde quepan muchos mundos”, y nuestra lucha era que los centros sociales no fueran identitarios.
- “Para todos todo, para nosotros nada”, repetíamos cuando imprimíamos en nuestras creaciones una licencia libre.
- “Caminar preguntando”, y antes de caer en el activismo por el activismo cartografiábamos dónde y con quién estábamos.
- “Respetar nuestros silencios”, y recordábamos que cuando el gobierno mexicano más urgía a las comunidades zapatista as a un pronunciamiento, ésas supieron callar durante meses. Nuestro silencio dejó de ser sinónimo de inactividad.
Aprendimos que las zapatistas se taparon el rostro para que les vieran, y que eso era también lenguaje. Hubo quienes se vistieron monos blancos, quienes usaron antifaces. Quienes se llamaron invisibles, precisamente para que les vieran. Eso es también lenguaje.
Hace unos meses un investigador latinoamericano me citó para hablar de los movimientos sociales en Andalucía. Una de sus primeras preguntas fue de qué ideología era La Casa Invisible. Uno nunca imagina que se pueda preguntar algo así. Apenas pude balbucear qué éramos autónomos. Y entonces me preguntó qué era la autonomía.
Antes de que surgieran los primeros Foros Sociales, en el año 1996 tuvo lugar el Encuentro Intergaláctico, en plena selva chiapaneca. El Subcomandante Marcos pronunció entonces estas palabras:
El zapatismo no es, no existe. Sólo sirve, como sirven los puentes, para cruzar de un lado a otro. Por tanto, en el zapatismo caben todos los que quieran cruzar de uno a otro lado. Cada quien tiene su uno y su otro lado. No hay recetas, líneas, estrategias, tácticas, leyes, reglamentos o consignas universales. Sólo hay un anhelo: construir un mundo mejor, es decir, nuevo (...). No se trata de tomar el poder, sino de revolucionar su relación con quienes lo ejercen y con quienes lo padecen.
Así que el zapatismo –la autonomía, vale decir- no es, no existe. Sólo sirve. Pues eso: que nos sirva.
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